Hay experiencias que te cambian la forma en que miras a la industria para la que trabajas. La mía llegó en 2024, en mi propia tierra: Burgos. Durante semanas formé parte del equipo de figurantes de una gran producción de época que, si todo sigue su curso, verá la luz en octubre de 2026. Y aunque entré en el rodaje con la ilusión de «ver el cine desde dentro», salí acompañada de una pregunta incómoda que no deja de resonar en mi cabeza: ¿por qué hay necesidades que siempre tienen presupuesto… y otras que siempre tienen excusas?
Un ejército de figurantes… y de recursos
Lo primero que me sorprendió fue la escala humana. Éramos cientos de figurantes de Burgos y el País Vasco, convocados para recrear escenas que exigían masa, movimiento y credibilidad histórica. Desde el centro de la ciudad, se fletaban autobuses para desplazarnos a los sets de rodaje, ubicados en los lugares más pintorescos de la provincia. Para ello, un equipo de personas coordinaba las salidas, las llegadas, y calculaba el tiempo de forma milimétrica.
Quedé asombrada por el despliegue material.
El vestuario ocupaba filas interminables de perchas: tejidos pesados, uniformes de época, prendas diseñadas para resistir repeticiones constantes. Cada detalle estaba cuidado: botones, texturas, suciedad estratégica. Porque sí, tenía que parecer que veníamos de otra época… y que estábamos viviendo en tiempos de guerra.
Las maquilladoras funcionaban. Cada vez que se repetía una escena, ahí estaban: corrigiendo, igualando, devolviendo la continuidad a la escena. No importaba si llevabas diez tomas encima o si el frío ya empezaba a notarse. Todo debía verse igual en cámara.
No podemos olvidarnos de los animales: caballos, bueyes, mulas y carros. Elementos vivos que no solo sumaban realismo, sino complejidad logística. Porque en mitad de una escena de acción, un caballo no responde a la narrativa… responde a su instinto. Y eso significa que no siempre va hacia donde quiere el director, sino hacia donde decide él.
Repetir hasta que sea perfecto
Si nunca has estado en un rodaje, hay algo que probablemente desconozcas: la repetición.
Escenas que, en pantalla, durarán segundos, se repiten una y otra vez. Algunas con fuego real, con especialistas, con medidas de seguridad visibles e invisibles. Extintores preparados, equipos atentos, indicaciones constantes.
Se repite por luz. Y escuchamos: «Prevenidos».
Se repite por sonido. Y se oye: «Prevenidos».
Se repite porque alguien miró donde no debía. Y de nuevo: «Prevenidos».
Y cada repetición implica volver a empezar: recolocar, retocar, reorganizar.
Todo eso cuesta. Y se asume como parte natural del proceso. Nadie lo cuestiona.
El catering: un pequeño lujo… multiplicado
Y luego, el catering.
Café caliente desde primera hora. Galletas. Agua sin límite. Comida. Cena si el rodaje se alargaba. Opciones para todos. Un servicio constante, bien organizado, casi invisible en su eficacia.
No era un detalle. Era una infraestructura.
Porque cuando tienes a cientos de personas trabajando durante horas, necesitas que estén bien. Alimentadas. Cuidadas. Felices.
Y eso, de nuevo, cuesta. Y se asume como incuestionable.
La contradicción
Hasta aquí, todo lógico. Todo necesario. Todo profesional.
El problema aparece cuando haces una comparación que nadie parece estar haciendo.
Mientras veía ese despliegue —humano, técnico, logístico— no podía evitar pensar en otra parte del proceso cinematográfico: la accesibilidad.
No la accesibilidad como palabra bonita en una memoria anual.
La accesibilidad real. La que permite que una persona con discapacidad visual pueda entender una película. La que abre la puerta a ese 10% de la población que, de otro modo, se queda fuera.
Y aquí es donde aparece la contradicción.
¿De verdad tiene sentido que el camión de los bocadillos para los figurantes cueste más que hacer accesible una película para el 10% de la población?
No estoy hablando de eliminar el catering. Ni de reducir recursos en el set.
Estoy hablando de proporción.
En una producción de gran escala, el presupuesto se distribuye en múltiples partidas: localizaciones, equipo técnico, arte, vestuario, transporte, seguros, postproducción…
Dentro de ese universo, la accesibilidad representa una fracción mínima. Prácticamente simbólica en términos porcentuales.
Tan pequeña que no compromete al proyecto.
Tan pequeña que no altera el resultado financiero.
Tan pequeña que, sin embargo, cambia completamente la experiencia para una parte significativa de la audiencia.
Y, aun así, muchas veces, se trata como un extra. Como un «porque nos obligan».
Ahí es donde la lógica se rompe.
Porque estamos hablando de una industria que cuida hasta el último botón de un uniforme, que repite una escena hasta la perfección visual, que garantiza café caliente a cualquier hora… pero que todavía duda cuando se trata de garantizar acceso.
Lo que sí entendí en ese rodaje
Ese rodaje me enseñó muchas cosas. Pero hay una que se me quedó grabada:
Cuando algo se considera importante, se financia.
Cuando se financia, se planifica.
Cuando se planifica, se ejecuta sin discusión.
Nadie en aquel set preguntaba si el vestuario era necesario.
Nadie cuestionaba el maquillaje.
Nadie debatía el catering.
Porque todos entendíamos que eran piezas esenciales para que la película existiera.
La accesibilidad, en cambio, sigue sin ocupar ese lugar en muchas producciones.
La pregunta que queda: ¿dónde decidimos poner el foco?
Porque cuando comparas el impacto de cada partida presupuestaria, la diferencia es abrumadora:
Algunas sostienen el rodaje durante días.
Otras, como la accesibilidad, sostienen el acceso a la obra para siempre.
Y, sin embargo, la segunda sigue siendo la opcional.
Por lo tanto, si una industria es capaz de movilizar todo eso… también es capaz de integrar la accesibilidad como parte natural del proceso.
No como añadido.
No como parche.
Sino como estándar.
Después de esa experiencia, hay una idea que no me abandona:
Si ya estamos invirtiendo en que una historia se vea perfecta…
¿por qué no invertir —en proporción— en que también pueda ser perfectamente entendida por todos?
No es una cuestión de recursos.
Es una cuestión de prioridades.
Si esta reflexión tiene sentido para ti, si quieres explorar cómo integrar la accesibilidad de forma natural y estratégica en tus proyectos, estaré encantada de hacerlo realidad contigo.
Soy Marta Aguilar, completo series que están listas para emitirse en Netflix, pero donde los bailes, los vestidos y las caras todavía no existen para quien no ve.
Gracias a mi trabajo, las personas ciegas pueden disfrutar de las películas de época y saber los pasos de una coreografía de época, cómo se mueve un vestido con volantes o cuál es el color de la piel del personaje que acaba de entrar al baile.
La historia no tiene huecos.
